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¿Y si Franco no está enterrado en el Valle de los Caidos?

La muerte de Francisco Franco siempre ha estado rodeada de cierto halo de misterio. Las circunstancias socio-políticas existentes en la España de 1975 provocaron que esta se produjera bajo la atenta supervisión de la censura, haciendo que las noticias que llegaban a la sociedad fueran pocas, y, las que alcanzaban los noticiarios, lo hicieran de forma sesgada y manipulada. Esto creó el caldo de cultivo perfecto para que se iniciaran todo tipo de teorías conspiratorias.

Una de las primeras en surgir aseguraba que se mantuvo con vida al Jefe del Estado hasta el 20 de noviembre, para hacer coincidir su muerte con la de José Antonio Primo de Rivera. Si bien es cierto que, seguramente, la prolongación de la agonía ocurrió, ésta se produjo con la intención de que, la mayor parte de los asuntos pendientes de cara a la sucesión, se encontraran solventados en el momento de la defunción.

Más extraña aun es la que dice que, con el fin de que los adeptos al régimen supieran de primera mano el momento exacto en el que fallecía el que había sido su único líder y dirigente, se acordó una señal consistente en la aparición en Televisión Española de unos pingüinos.

La programación para ese día incluía el especial “La hora de Julio Iglesias”, o un capítulo de la serie de Jesús López Vázquez, “Este señor de negro”. Estos y otros programas fueron suspendidos, y por extraño que parezca, la noche del 19 al 20 de noviembre, durante la tediosa programación a la espera del fatal desenlace, se emitió el documental “Es difícil ser pingüino”. Este supuesto aviso encubierto coincidió con el fallecimiento, aunque la declaración de Arias Navarro no pudo verse hasta las diez de la mañana.

De esta artimaña se hizo eco la serie televisiva “Cuéntame cómo pasó”, en el capítulo titulado, precisamente, “Los pingüinos del invicto Franco” que se emitió en la temporada 9.

Durante bastante tiempo también corrieron rumores que aseguraban que el fallecimiento del dictador se había producido muchos años antes, y que, en realidad, quien murió el 20 de noviembre era un doble que había estado suplantándole. Este es, precisamente, el argumento de una comedia de 1988 titulada “Espérame en el cielo” dirigida por Antonio Mercero.

Pero quizá la que está más vigente en estos momentos es la que habla de que no fue enterrado en la Basílica de Cuelgamuros.

Aunque en un primer momento podríamos considerarla como una invención más, lo cierto es que existen indicios que crean dudas sobre la versión oficial, la cual, en realidad, podría responder a un guion perfectamente diseñado tiempo atrás.

Para empezar, algo que no puede ponerse en duda es que Franco jamás pretendió ser enterrado en el Valle de los Caídos.

Decreto Fundacional del Valle de los Caídos

En el Decreto con el que se dio inicio a la construcción de la Abadía Benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, y que fue publicado en el BOE del 1 de abril de 1940, se indica que dicho monumento tiene por objeto “… perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa cruzada…”.

Está claro que en un principio se había ideado como un mausoleo para quienes lucharon del lado de los golpistas, aunque finalmente, y como es conocido por todos, se acabó enterrando a 33872 soldados pertenecientes a ambos bandos. En cualquier caso, queda claro que en ningún momento se menciona la posibilidad de que allí se enterrara al General.

La única persona que afirma lo contrario, según recoge Paul Preston en uno de sus libros, fue Diego Méndez, el arquitecto a cargo de las obras. Según él mismo contaba, durante la inauguración el 1 de abril de 1969, al pasar junto al altar mayor, el Jefe del Estado dijo “Méndez, yo aquí, eh”.

Está comúnmente aceptado que tal afirmación, además de ambigua, respondía únicamente al interés particular de Diego Méndez de que la construcción en la que había trabajado durante años, tuviera el honor de contar con los restos del Caudillo.

Difícilmente se podría entender que el General Franco desease que su última morada se encontrara junto a la de José Antonio Primo de Rivera, con quien mantuvo una relación que casi rayaba el odio, y, además, rodeado de miles de republicanos contra los que luchó tras el golpe de estado y durante toda la dictadura. En contra, lo lógico hubiera sido que esperara hacerlo junto a sus seres queridos. 

A pesar de la lucha que se produjo durante la agonía del dictador entre diversas facciones del régimen por elegir el lugar en el que debía ser enterrado, y entre las que se barajaron opciones como la del Pazo de Meirás, o el interior del Palacio de El Pardo, si tenemos en cuenta el carácter metódico de Francisco Franco, es lógico pensar que hubiera dejado escrito su deseo y se habría asegurado de que su familia y allegados tuvieran claro cuál era su voluntad al respecto. En cambio, días antes del óbito, el Presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, mantuvo una reunión con Carmen Franco, la hija del General, y esta negó haber escuchado a su padre decir nada respecto a la ubicación de la tumba en El Valle.

Cripta de la familia Franco en el cementerio de El Pardo

Por el contrario, a finales de la década de los 60 Francisco Franco encargó a su mujer, Carmen Polo, que se dirigiera al cementerio de Mingorrubio, perteneciente al distrito de FuencarralEl Pardo, para dar instrucciones encaminadas a la preparación de un panteón en el que se instalarían dos tumbas para el matrimonio.

Al poco tiempo, y utilizando para ello a los mismos artistas que habían decorado el Valle de los Caídos, se erigió una capilla de piedra a poca distancia de la entrada. El edificio, en el que hay una docena de bancos, un altar de mármol y un cristo, es de uso público, aunque la cripta con los nichos se cedió a la familia Franco para su uso exclusivo.

Lo racional, por tanto, es pensar que la voluntad de Franco habría sido que su tumba se encontrara junto a la de su esposa, que fue enterrada allí en 1988. Además, en ese mismo cementerio se encuentran también algunos de sus más estrechos colaboradores y amigos, como pueden ser el almirante Luis Carrero Blanco o Carlos Arias Navarro.

El expediente relativo a la cripta del cementerio del Pardo, que se conserva en el Archivo de la Villa, refleja que la construcción se realizó a petición del Jefe del Estado, atendiendo a “circunstancias imprevisibles y de urgencia”, pero no se especifica cuales. No podemos olvidar que hablamos de una época en la que aún no se encontraba excesivamente enfermo, y, por tanto, esas circunstancias debieron atender a cuestiones ajenas a la previsión de que se pudiera producir su fallecimiento.

Es de todo el mundo conocido que el dictador se jactaba de tener todo “atado y bien atado” para cuando llegara el momento en que el fatal desenlace se produjera. Con ello no solo se refería a la sucesión, sino que, a buen seguro, también aludía a lo relativo a sus restos.

En abril de 1945, antes de suicidarse, Adolf Hitler había dado instrucciones a sus colaboradores para que su cadáver fuera completamente destruido. Quería evitar que, en caso de que los soldados soviéticos se apoderaran del cuerpo, este pudiera sufrir una profanación similar a  la que fue sometido el dictador italiano Benito Mussolini.

No sería descabellado pensar que en el entorno del dictador también se previera que, llegado el caso y si surgía la ocasión, algunos de los opositores al régimen franquista podrían tener intención de realizar actos sacrílegos similares contra la tumba o los restos de Franco. Para evitarlo, se hacía necesario organizar un plan, y la mejor forma consistiría en ocultar el verdadero lugar del enterramiento. Esto se habría  incluido en lo que se conoce como “Operación Lucero”, en el que las honras fúnebres tan solo conformarían el prólogo a lo que esperaban que fuera “una España sin Franco”.

Documento de la Casa Real ordenando el entierro en el Valle de los Caídos

Ateniéndonos a la versión oficial, la decisión de elegir el Valle de los Caídos fue la primera que dictó el Rey don Juan Carlos I. El escrito, fechado en la Casa Real el 22 de noviembre de 1975, cuando habían transcurrido dos días del fallecimiento del General, parece hacer creer que la organización de los funerales de estado se tenía que realizar de un modo improvisado, aunque en realidad se llevaba trabajando en ello desde hacía meses.

Por las declaraciones de los trabajadores que participaron en su construcción, sabemos que la lápida de mármol de Alpedrete, de mil quinientos kilogramos y veinte centímetros de espesor, estaba preparada desde hacía medio año en los almacenes de “Hermanos Estévez”, y que fue trasladada al Valle de los Caídos dos semanas antes, durante las cuales, se trabajó en el modo en que habría de ser colocada.

En un primer momento se pretendía que todo el proceso relativo a la inhumación fuera llevado a cabo por los sacerdotes de la propia basílica, pero el temor a que su inexperiencia pudiera provocar la caída del féretro o cualquier otro incidente, obligó a que esta fuera realizada por personal del cementerio de La Almudena.

En cualquier caso, cuando finalmente el deceso se produjo, hubo que esperar a las ocho de la mañana del 22 de noviembre para que se abrieran las puertas del Salón de Columnas del Palacio de Oriente, donde se había instalado la capilla ardiente.

El velatorio se llevó a cabo en un ataúd abierto en el que reposaba el cuerpo del General, que había sido embalsamado por los médicos forenses Bonifacio Pinga y su hijo Antonio. No hay ninguna duda de que, en aquel momento, el cadáver que allí reposaba era el de Francisco Franco.

Velatorio de Francisco Franco

A las siete y media de la mañana del domingo 23, la capilla ardiente fue cerrada al público, momento en el que se procedió al sellado del ataúd y la entrega, para su custodia, a los jefes de las casas militares y civiles José Ramón Gavila, Fernando Fuertes de Villavicencio, y Ernesto Sánchez-Galiano, los cuales levantaron un acta al respecto.

Fue entonces cuando se procedió al traslado hasta la Basílica de Cuelgamuros. Algo que quizá muchos desconozcan es que, a lo largo de todo el recorrido se instalaron altos mástiles con banderolas para dificultar la visibilidad de posibles francotiradores, pues, día antes, la Policía había localizado un fusil con mira telescópica en el Hotel Plaza de España, y tenían la certeza de la presencia de un comando terrorista de ETA liderado por Garalde Bedialuneta, alias Mamarru.

No obstante, y sin incidentes destacables, el cortejo llegó a la Basílica. Allí, al final de la escalinata del templo, el padre Luis María de Lojendio, abad del lugar, recibió el cadáver ante el Ministro de Justicia y Notario Mayor del Reino José María Sánchez-Ventura, quien tomó juramento a los custodios del ataúd respecto a la identidad del cuerpo que contenía.

Pese a la existencia del acta y del juramento prestado, nadie más que los mencionados testigos podía garantizar que, efectivamente, el cadáver que se enterraba era el de Franco.

Momento de la colocación de la lápida durante el entierro

A partir de ese momento la basílica se convirtió en lugar de peregrinación para los afines al régimen totalitario, que cada aniversario acuden al lugar para la celebración de diversos actos de enaltecimiento del General.

Sin embargo resulta sorprendente que, según reconocen algunos trabajadores del cementerio de El Pardo, ese mismo día, un administrador de la familia (aunque nunca un familiar directo), deje una corona de flores en la cripta de Mingorrubio. No es necesario explicar que, sin duda, y suponiendo que tal ofrenda se realice a petición de sus descendientes, solamente puede responder a que es allí, y no en El Valle de los Caídos, donde se encuentra el ataúd con sus restos.

Para finalizar es necesario apuntar otra teoría, según la cual Franco continuaría en el interior de la Basílica de Cuelgamuros, aunque en otra tumba más discreta e inidentificable.

El traslado se habría realizado poco después de su inhumación, contando con la colaboración de la familia y el antiguo abad, y perseguiría evitar posibles actos vandálicos y profanaciones como la que intentó perpetrar el grupo terrorista GRAPO el 7 de abril de 1999.

Aquel día un comando dejó en el interior de la basílica, una mochila preparada para hacer explosión mediante un temporizador. La deflagración destrozó varios confesionarios y quemó cinco bancos, pero, según el portavoz de Patrimonio Nacional, no afectó ni a la tumba de Franco ni a la del líder falangista José Antonio Primo de Rivera.

Pese a la ausencia de daños de importancia se prohibió el acceso a la iglesia durante varios días, con la excusa de ser necesario realizar una limpieza. Uno de los trabajadores que participó en dichos trabajos aseguraba que, durante la apertura de la tumba para comprobar su estado tras el atentado, esta se encontraba completamente vacía.

Hay que señalar que estas declaraciones fueron hechas desde el anonimato, por lo que no es posible certificar su veracidad, ni tampoco, en caso de ser ciertas, si el traslado se había realizado con anterioridad o se hizo como respuesta a aquel atentado.

En cualquier caso todo apunta a que, en un breve espacio de tiempo se retire la losa, con la que se hacían chascarrillos en 1975, diciendo que pesaba tanto para evitar que Franco pudiera salir de allí.

Puede que entonces se resuelvan las dudas planteadas en este escrito… aunque seguramente, y a pesar de las dificultades a las que habrán de sortear los implicados, los intereses de unos y otros propicien la continuidad de una conspiración para ocultar la localización de la verdadera tumba de Franco.

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