Crímenes y delincuencia

Vudú en las calles de Vitoria-Gasteiz

En Euskadi hay un refrán en referencia a ciertos seres mitológicos, que traducido vendría a significar “No se debe creer que existen; no hay que decir que no existen”.

Algo así ocurre con el Vudú, religión que empieza a extenderse por nuestras ciudades, pero de la que apenas se habla.

Para la mentalidad occidental resulta difícil creer que alguien pueda influir en la voluntad de una persona, o que por medio de un hechizo se le pueda hacer enfermar. Por ello, tendemos a asociarlo con supersticiones de culturas primitivas e ignorantes, perviviendo la imagen deformada que durante años nos han ofrecido las películas de serie B.

Esta religión, practicada por millones de personas en todo el mundo, es mucho más que los zombis, las muñequitas juju, la brutalidad sexual o los sacrificios mostrados por Hollywood. Todo eso es tan solo la parte más extrema y macabra, y en ningún caso deberíamos considerarlo el fundamento principal de esta creencia.

Su origen se encuentra en la religión Yoruba de África, que fue llevada al continente americano por los esclavos, y donde, tras mezclarse con la religión cristiana, dio lugar al Vudú de Nueva Orleans, la Santería cubana, el Macumba brasileño y a muchas otras variantes, tan extensas que sería muy difícil intentar profundizar en todas ellas en un único artículo.

En las últimas décadas ha aumentado la población inmigrante que arriba a nuestro país, tanto desde África como desde América Central y Sudamérica.

Por desgracia, junto a una inmensa mayoría de gente trabajadora y honrada, también llegan unos pocos delincuentes que no dudan en usar cualquier medio a su alcance para lograr sus objetivos, y el Vudú es uno de ellos.

No me refiero a esos supuestos brujos que prometen hacer amarres de amor o amuletos para encontrar trabajo, y que en la mayoría de los casos solo buscan aprovecharse de incautos y personas desesperadas en busca de una solución rápida a sus problemas, sino de mafias mucho más peligrosas dedicadas a la prostitución y la trata de blancas.

De todos es sabido que la mayoría de las muchachas que ofrecen sus servicios sexuales, llegan engañadas. Los maltratos y amenazas son habituales una vez comprenden el auténtico motivo por el que han sido traídas.

Hace ya unos cuantos años, en Vitoria-Gasteiz se desmanteló una red de prostitución. El magistrado encargado del caso, me contaba con asombro como en los interrogatorios, algunas de las muchachas nigerianas, prácticamente niñas, reconocían entre sollozos que no podía hablar, pues los proxenetas tenían en su poder pelos y uñas suyas, y les aterrorizaba que pudieran utilizarlo en algún tipo de ritual.

Para la justicia y los cuerpos policiales, el Vudú es algo que se halla en un limbo jurídico. La ley no puede admitir que un brujo tenga ese tipo de poderes, y por tanto, no se le puede acusar de actos que considera imposibles.

En Estados Unidos, a mediados del siglo XX, un brujo Vudú reconoció en un juicio haber realizado un hechizo para obligar a un joven a matar a varios miembros de su familia. Pese a esta confesión, al no haber existido ningún tipo de contacto entre el brujo y el autor material del crimen, no se le pudo enjuiciar. Era inconcebible aceptar que la magia pudiera instigar a realizar un acto de ese tipo, y por tanto, abandonó la sala del jurado, no sin antes dedicar una irónica sonrisa al jurado.

Durante la investigación realizada para este artículo, he podido constatar que el vudú continúa utilizándose como técnica intimidatoria en las inmediaciones de las zonas de prostitución.

La primera referencia me llegó a través de los funcionarios del cementerio de Santa Isabel de Vitoria-Gasteiz. Estos trabajadores me informaron de cómo, durante un cierto tiempo, fueron encontrando restos de lo que parecían ser rituales de algún tipo.

En concreto, me hablaron de muñecos atravesados por alfileres y que alguien depositaba durante las noches sobre las tumbas. También aparecieron junto a las puertas de acceso al camposanto, paquetitos que contenían pelos y uñas, así como pequeñas conchas marinas.

Quizás, la más escabrosa, fue la ocasión en la que una de las lápidas amaneció cubierta por la sangre de un gallo decapitado allí mismo, junto a otros elementos vegetales y los restos desparramados de cera proveniente a multitud de velas.

Llegados a este punto, me parece importante puntualizar que, estos rituales no tienen nada que ver con las personas allí enterradas. La ubicación elegida, corresponde a la necesidad de utilizar terreno sagrado, de modo que el hechizo sea más efectivo.

Las denuncias hicieron que la presión policial, por medio de una mayor vigilancia de la policía municipal, provocara que poco a poco, quienes fueran los autores, dejaran de utilizar el cementerio para sus ritos.

Según fuentes de la ertzaintza, esto coincidió en el tiempo con que comenzasen a aparecer restos similares, escondidos entre los arbustos de algunos parque y jardines de la ciudad, y que en muchos casos eran encontrados por los perros que paseaban.

El último de estos casos al que he tenido acceso me llegó gracias a algunos trabajadores del servicio municipal de limpieza que fueron enviados para retirarlos. Diversos altares se encontraban dispersos, ocultos de la vista, y compuestos por cazuelas de barro, que contenían alimentos, velas, azufre, clavos, etc. Lo más perturbador fue encontrar en uno de ellos una fotografía sobre la que se había escrito un texto indescifrable.

Un caso sorprendente, ocurrido también en la capital alavesa, es el de un hombre que se había casado con una muchacha brasileña que practicaba esta religión. Circunstancias que no vienen al caso provocaron que la pareja se separara, creándose a partir de entonces tensiones entre ambos que les llevaron a más de una discusión.

Cuando parecía que iba a poder rehacer su vida con normalidad, el hombre recibió la llamada de una amiga de su exmujer, alertándole de que esta estaba realizando Vudú para atacarle. Seguramente se trató de un caso de sugestión, pero poco después, este vitoriano fue ingresado en el hospital de Santiago Apóstol aquejado de una dolencia que no pudo ser identificada por los médicos, y de la que tardó bastante tiempo en recuperarse.

No pretendo crear ningún tipo de temor, pero al igual que ocurre con las meigas gallegas… haberlas, hailas. El Vudú existe y se encuentra en las calles de nuestras ciudades, y no hay que ignorarlo.

Julio Corral San Román.

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