Fraudes del misterio

Quince días de terror en Antezana

La nochevieja de 1955 comenzó de un modo inquietante para los habitantes del pueblo de Antezana. La que debía haber sido una noche de celebración y festejos dio paso a quince días de miedo, en los que pocas personas pudieron dormir.

Todo comenzó cuando Francisco Hernández Pérez regresaba a la casa en la que trabajaba como criado. A pesar de la fama de bebedor que acarreaba, nadie dudó de su palabra, pues en su rostro podía adivinarse el terror que sentía mientras relataba la escena de la que acababa de ser testigo.

Al pasar junto al cementerio, narró a quienes quisieron escucharle, que había visto a dos desconocidos, quienes se entretenían en afilar sus cuchillos. El lugar elegido para realizar dicha tarea, y la actitud sospechosa le hicieron pensar que sus intenciones no eran honradas. Ese presentimiento le había acompañado desde que los divisó, y algo le decía que se verían cumplidos sus augurios.

Es posible que en un principio su patrón no le diera demasiado crédito. Seguramente no era la primera vez que aquel sirviente había contado una historia similar, pero en aquella ocasión, la insistencia hizo que decidiera alertar a alguno de los vecinos más próximos a la casa, aunque nadie quiso darle mayor importancia.

Cerca de las diez y media de la noche, un fuerte ruido hizo que todos los habitantes del caserón despertaran de un salto. Habían llamado fuertemente a la puerta.

El propietario bajó, pero, desconcertado, comprobó  que  allí no había nadie. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar lo que le había contado su criado, e hizo que no ya pudiera conciliar bien el sueño en toda la noche.

Se sucedieron nuevos ruidos y, alarmado, pidió ayuda al criado para que permaneciera en vela toda la noche. Y, mientras el dueño se quedaba junto a la ventana de su habitación, Francisco bajó a la puerta y montó guardia allí.

Las llamadas al portón y los extraños ruidos continuaron durante bastante tiempo, aun cuando no parecía haber nadie en los alrededores, así que, en un intento por asustar a quien fuera que rondaba por las inmediaciones, el amo abrió la ventana y disparó al aire. En respuesta, una piedra atravesó el cristal superior

El criado, por su parte, salió rápidamente acompañado por uno de los perros que tenían, y, al llegar a una de las esquinas, divisó a los mismos hombres que habían despertado sus sospechas.

Éstos, al ser descubiertos huyeron, pero antes de hacerlo uno de ellos le lanzó una piedra que impactó contra su pierna derecha. Cojeando, regresó a la casa donde mostró a su jefe el hematoma que la pedrada le había provocado.

Lógicamente, el ruido despertó al resto de los vecinos, y, poco a poco, todos los hombres del pueblo, y alguna que otra mujer, se acercaron a interesarse por el motivo de aquellos disparos y del alboroto.

La alarma se extendió por todo el pueblo, y, a pesar de que no hubo ningún incidente más, nadie pudo dormir aquella noche.

Al día siguiente los ruidos en el exterior continuaron, y empezaron a surgir los rumores sobre quienes podrían ser los autores de los ataques. Se habló de ladrones, asesinos… e incluso del Ojaranco.

Olvidados de la mitología alavesa en la actualidad, los Ojarancos, u Ojancos, como eran conocidos en otras zonas, era unos seres de apariencia humana, con unas largas barbas que cubrían sus cuerpos desnudos y cuya principal peculiaridad era el único ojo brillante y desproporcionadamente grande que se abría en el centro de su frente.

Como noche tras noche los problemas y los ruidos se repetían, y, tras quince días en los que el pueblo entero permaneció en vela, el alcalde decidió acudir al cuartel de la Guardia Civil de Vitoria para denunciar los hechos.

En el primer interrogatorio, Francisco facilitó todo tipo de datos y descripciones que fueron suficientes como para que se abriera una investigación oficial. Poco tardaron los agentes en centrar sus sospechas en el criado. Algunas incongruencias en el testimonio, y descubrir que algunas de las piedras que habían roto las ventanas, se habían lanzado desde el interior fueron indicios más que suficientes como para que, finalmente, reconociera que él había urdido toda la trama.

Al parecer, tras leer en un periódico un artículo en el que se relataban ciertas tradiciones sobre bolas de fuego en aquella zona, y que seguramente solo eran producto de bolsas de gas acumuladas en el subsuelo, se le ocurrió inventarse algún tipo de historia misteriosa que le permitiera abandonar su trabajo, en el que no se encontraba a gusto. Es lógico pensar que consiguió su objetivo, pero además acabó pagando muy caro por aquella broma que mantuvo a todo el pueblo sin poder dormir durante quince días.

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