Historias de antaño y de hogaño

Oposiciones a verdugo

Publicado en la sección “Historias de antaño y de hogaño” del periódico “Diario de Noticias de Álava” el 7 de mayo de 2018.

Aunque su nombre no haya pasado a la historia, el último ministro ejecutor que tuvo nuestra ciudad se llamaba José Condado. Su hogar se encontraba en la conocida como casa del verdugo, a la derecha de la calle Nueva Dentro, entrando por Portal del Rey. En sus inmediaciones era habitual encontrar carteles difamatorios referentes a él y a su familia, pues para los vecinos de la zona, su presencia no era de buen gusto. Prueba de ello era que en la entrada a la iglesia de San Vicente de Vitoria, existió durante muchos años una sepultura apartada del resto de las tumbas. Se había construido en piedra negra para que destacara y pudiera ser evitada por quienes tenían que pasar por las inmediaciones, pues se trataba de la destinada a los verdugos de la ciudad.

El 4 de junio de 1821, Condado ajustició a Gregorio de Luzuriaga, Comandante General de la División Realista de Álava. La ejecución, según describen las crónicas de la época, se realizó en medio de horripilantes torturas, debidas a la ineptitud del verdugo, que, viejo y achacoso para desempeñar su repugnante cometido, fue suspendido del empleo cinco días después.”

El desagradable espectáculo supuso que al día siguiente, la Cofradía de la Oración del Huerto, que acompañaba a los reos al cadalso, solicitara el relevo en dicho menester y que el puesto de verdugo fuera suprimido oficialmente el 19 de Octubre de aquel mismo año, solicitándose a la Audiencia Provincial de Burgos la cesión temporal del ejecutor titular de esa capital cuando fuera necesario.

Pero ante los problemas surgidos por la negativa del Ayuntamiento a abonar los gastos por el traslado del verdugo desde Burgos, el jefe político solicitó un año después al Alcalde de Vitoria, Pedro de Velasco, la designación de un nuevo ejecutor. La reiteración del Consistorio en no pagar, supuso una multa por desacato, y, finalmente, para evitar el pago de esa sanción, pocos días después se dictaron los edictos para la provisión de la plaza de “Verdugo-pregonero para Vitoria y el Tribunal de Justicia de la Hermandad Alavesa”, dotada con un sueldo anual de 3000 reales.

El proceso de selección comenzó con la recepción de los currículos de doce aspirantes, en el que debían incluir, además del reconocimiento de contar con la suficiente maestría a la hora de llevar a cabo las labores inherentes al oficio, una certificación profesional redactaba por los Ayuntamientos donde hubieran trabajado previamente, en la que se garantizara su conducta moral, su adhesión al rey, la ausencia de antecedentes de afrancesamiento durante la invasión napoleónica, tratarse de un buen cristiano y saber leer y escribir.

Entre los aspirantes se encontraban, por ejemplo, Francisco Ribero, que afirmaba contar con veinticinco años de experiencia, aunque solamente había ejecutado a nueve reos en todo ese tiempo. Se enorgullecía de contar con buena voz para las labores de pregonero, y, pese a no saber leer, contaba con la ayuda de su hijo de dieciséis años para que le ayudara con la lectura de los bandos.

Por su parte, Manuel Carnero contaba con un año menos de experiencia, pero en palabras del secretario del Ayuntamiento de La Coruña, es sujeto de buena vida y costumbres, de natural quieto y pacífico, que cumple exactamente con los deberes de su obligación, habiendo manifestado en todas épocas y ocasiones adhesión y amor al Rey

También presentó su currículo Juan Díaz de Lozano, quien indicaba que llevaba trabajando como verdugo desde su más tierna edad en Valladolid y Salamanca.

Y otro más,  José Manuel Merino, que se enorgullecía de pertenecer a una saga de verdugos de Valencia, donde había ejercido su padre y donde era titular su hermano.

Finalmente el seleccionado fue Miguel Díaz, que había sido ejecutor en la ciudad de Oviedo. Entre sus méritos se encontraba estar en la florida edad de treinta y cuatro años, ser brioso y disponible para el ejercicio de su facultad, estar casado y sin familia. Aunque, cuando fue llamado para ocupar el cargo, no se presentó.

Posiblemente se debiera a la existencia de ciertos informes en los que se aseguraba que su edad era superior a la indicada, que estaba soltero, y que había “sido despachado por no valer para el oficio de las plazas que ha estado.

El siguiente designado fue Juan Díaz de Lozano, y también esta opción se criticó, pues al parecer, había sido despedido de Madrid en 1818, y de otras localidades por su poca pericia. Entre sus desatinos se contaba que a una de las personas a las que debía dar garrote, le aprisionó el cuello con la barba, y, ante el sufrimiento del reo, acabaron por dispararle un tiro de gracia al condenado. También había demostrado su negligencia con otra persona condenada a la horca, que estuvo cuarenta y cinco minutos agonizando en la soga por habérsela anudado mal.

Por último, y ya en 1825 se nombró como verdugo a Antonio Castillo, que contaba con un informe del Ayuntamiento de Cascante en el que indicaban que dicho Castillo ha manifestado constantemente una inclinación extraordinaria al gobierno legítimo de su Majestad que Dios guarde, y la mayor aplicación a los actos de devoción y culto pues ha sido y es de los primeros que diariamente acuden a la iglesia a el rosario y misas que se dicen en la misma oyéndolas con devoción de cuantos lo observan, siendo por otra parte muy exacto en el desempeño de sus obligaciones, por cuya razón, y la buena educación, y ejemplo que da a su familia: pues a un hijo de 14 años lo lleva consigo todas las mañanas a la iglesia a el rosario de la aurora y ayudar a las primeras misas, se ha merecido y merece la mejor aceptación”. Tampoco este aspirante sabía leer, aunque afirmaba que su hijo tenía la instrucción necesaria para leer y escribir con buenas voces dando sentido en alta voz a la lectura

Después de tres años sin ejecutor en la ciudad, se solicitó su pronta presentación, por si eran precisos sus servicios, aunque no hay constancia de que llegara a ocupar el cargo.

La última oposición para verdugo termina aquí. Bien es cierto que sería posible seguir escribiendo sobre la larga lista de ejecutores en esta ciudad, pero podría convertirse en un asunto inacabable.

Baste decir que existen datos sobre la llegada, pocos años después y en varias ocasiones, del ministro ejecutor de Burgos para llevar a  cabo las sentencias en diversas causas, incluida la más célebre de todas, que fue la relativa a Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña, más conocido como “El Sacamantecas”.

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