Relatos y cuentos

Nunca antes había tenido un gato

Nunca antes había tenido un gato.

¿He dicho tener? Disculpar este desliz, pues nadie que conviva con un gato puede considerarse dueño de él.

En mi caso, ni siquiera tuve oportunidad de decidir. Apareció una noche de verano en mi ventana y durante bastante tiempo estuvo sin moverse, pendiente de cada movimiento que yo hacía y observando hasta los más mínimos detalles de la habitación.

Al principio ignoré su presencia con la esperanza de que en cualquier momento decidiese continuar su excursión nocturna, pero poco a poco la curiosidad se adueñó de mí, y de vez en cuando miraba a esa gatita siamesa que me contemplaba con penetrantes ojos azules. Estuve tentado de acercarme e intentar acariciarla, pero el temor a que saliese huyendo me hizo retenerme. Comenzaba a agradarme su compañía.

Y cuando me había acostumbrado a su presencia, me sorprendió con un salto imponente. En primer lugar se paseó exhibiéndose y comenzó a cruzar entre mis piernas con la cola levantada. Cuando se sintió segura, volvió a demostrar su agilidad y brincó sobre la mesa. Solo en ese momento me atreví a acariciarla por primera vez.

Apoyó su cabeza sobre el teclado, indiferente al trabajo que en aquel instante yo estaba realizando, y con los ojos entreabiertos, dejó que mi mano pasase una y otra vez por su lomo, ronroneando y moviendo la cabeza en busca de mis mimos. Aquella noche se quedó dormida junto a mi ordenador…

Y así continuamos. Yo dejo la ventana abierta y ella viene cada noche, quedándose a dormir en algún rincón y desapareciendo durante el resto del día.

He de reconocer que durante un tiempo llegué a considerarme su dueño, pero ella se encargaba de recordarme su independencia desapareciendo de vez en cuando y castigándome con su ausencia. La primera vez, temí no volver a verla, y aun hoy, cada vez que sale a dar sus paseos por la ciudad, hay algo en mi interior que teme no volver a verla.

Poco a poco nos acostumbramos el uno al otro y empezamos a disfrutar de la mutua compañía. Todas las tardes, nada más salir de trabajar, paro un instante a comprarle una lata de comida. Intento ir cambiando de marcas y sabores en busca de aquella que más le guste, pero ni siquiera eso es fácil, pues parece cambiar de opinión de un día para otro.

Tampoco he sido capaz de comprender cuando me permite acariciarla. Más de una vez se ha revuelto e intentado arañarme sin llegar a entender el motivo. Afortunadamente, solo en contadas ocasiones ha logrado clavar sus uñas en mi mano, y aun así, no consiguió hacer más que pequeñas heridas que después ella misma se encargaba de lamer.

Esta noche no ha venido y la empiezo a añorar. Quizás haya entrado hace un momento caminado de esa forma tan silenciosa y sensual. Puede que me esté observando en este preciso instante, y yo, ni siquiera sea consciente de su presencia. Esta noche no ha venido, pero se que volverá.

Nunca antes había tenido un gato. ¿He dicho tener? Si… nunca antes había tenido un gato, y nunca antes un gato me había tenido a mí.

Post a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*