Historias de antaño y de hogaño

Los juicios de Dios

Publicado en la sección “Historias de antaño y de hogaño” del periódicoDiario de Noticias de Alava” el 26 de marzo de 2018.

Historia de antaño y de hogaño. Los Juicios de Dios

Historia de antaño y de hogaño. Los Juicios de Dios

El próximo 1 de Mayo, Álava Medieval–Erdi Aroko Araba, ha organizado la Feria de los Desagravios que se celebrará en el Santuario de Nuestra Señora de Estíbaliz.

Pero, ¿qué eran los Juicios de Dios o Desagravios que se rememorarán con este acto?

Hubo una época en la Edad Media en la que las diferencias se resolvían a través de las armas. Era un periodo en el que el honor, no solo de la persona sino también de la familia a la que pertenecían, se anteponía a cualquier otra cuestión y cualquier afrenta exigía verter la sangre del rival como único modo de limpiar la reputación.

Por aquel entonces se consideraba que era la mano de Dios la que guiaba las armas de los contendientes, y, por tanto, el resultado de la batalla venía determinado por su justo dictamen.

Para hacernos una idea de la importancia que tenía el honor, basta con leer al cronista vitoriano Manuel Díaz de Arcaya, quien, en uno de sus libros, nos relata como en el siglo XII, Egidio, trovador del castillo de Zaldiaran, declara su amor a Inés, quien se había comprometido con Hortuño.

Aunque ambos caballeros habían luchado juntos en la batalla de Las Navas de Tolosa, en esta ocasión se retan a un duelo, en el que, lógicamente y como corresponde a las historias de amor caballerescas, sale victorioso Hortuño, al ser él el deshonrado.

Buscando dar una solución a este problema que se cobraba la vida de muchas personas, y evitar que sus súbditos se dedicaran, día sí y día también, a batallar entre ellos, el rey de Navarra, Sancho el Mayor, decretó lo que a partir de entonces pasaría a llamarse los “Juicios de Dios” o “Desafíos y desagraviamientos de Estíbaliz”.

Los torneos, de cuya existencia real se ha llegado, en algún momento, a dudar, regulaban estas luchas, limitándolas a un único día al año, llevándose a cabo frente al Santuario de Nuestra Señora de Estíbaliz y estando permitido solamente cierto tipo de armas.

De esta manera se esperaba que, al transcurrir mucho tiempo entre la ofensa y la pelea, se hubieran calmado los ánimos entre los contendientes, y que el sermón del abad, instando al perdón, terminara por apaciguarles. Además, al impedir el uso de las armas habituales, se intentaba minimizar el daño causado en el supuesto de que finalmente decidieran pelear.

Las crónicas de la época y la tradición, primero oral y después escrita, nos relatan la forma en que transcurrían aquellos torneos de desagravio.

El día 1 de mayo, aquellos que durante el año se habían retado, así como sus adeptos, ascendían hacia el Santuario donde les esperaba el Abad. Una vez congregados todos, los más ancianos se acercaban al religioso y le saludaban diciendo “Dios guarde al Abad de Estíbaliz”, respondiendo este con “Él proteja al Justicia Mayor y los Cofrades del Campo de Arriaga

El Justicia Mayor, máximo representante del Rey para asuntos policiales y judiciales, junto a los Cofrades y el Abad, se sentaban en un banco de piedra que se hallaba en la explanada que hay frente a la puerta, conformando el tribunal que juzgaría cada uno de los duelos.

Entonces, el Justicia Mayor se ponía en pie, y a voz en grito recordaba a la multitud las normas por las que se regirían aquellas luchas antes de anunciar que “Pueden llegar a mí los agraviados”.

En ese momento, de entre el gentío iban saliendo, de dos en dos, los licitantes que exponían al tribunal las causas por las que deseaban luchar, así como las armas que habían elegido para ello, entre las que no podían estar “ballestenes, nin saetas, nin con otras armas de lanzas, dardos et espadas, et paveses”, debiendo determinar aquel tribunal si eran o no permitidas.

Finalizado el acto el Abad volvía a dirigirse a los asistentes diciendo “En nombre de nuestra santa religión, yo os invito a que penetréis en el templo”, dando comienzo entonces una misa frente a la Virgen de Estíbaliz.

Unos rezaban pidiendo protección frente al peligro al que habían de enfrentarse, otros, solicitando que el rencor de sus retadores se apaciguara, y los más, pidiendo que Dios guiara su mano en lo que consideraban justa rectificación a los ultrajes recibidos.

El sacerdote recitaba para aquella ocasión un pasaje en el que se relataba como Jesucristo perdonaba a quienes estaban a punto de crucificarlo, antes de alentar hasta por tres veces a que se perdonaran las causas pendientes y se rehusase la lucha.

Pero, como quiera que siempre había quienes se empecinaban en salvar las diferencias por medio de la sangre, el acto terminaba con la bendición de las armas con las que se efectuarían las peleas, tras lo que las puertas del templo se abrían para que el Justicia Mayor y los Cofrades regresaran al banco, quedando en el interior de la iglesia el Abad y aquellos que se habían reconciliado durante el oficio religioso.

Comenzaban entonces los combates que finalizaban cuando el Tribunal lo consideraba oportuno o cuando alguno de los contendientes era muerto o herido de tal gravedad que no podía continuar la pugna, permitiéndose en ese caso que pudiera ser recogido por sus familiares o criados, y se le curaran las heridas.

Y así durante todo el día, y hasta que desaparecía el sol tras las montañas, la sangre iba regando la tierra de la explanada, debiendo detenerse en aquel instante cuantos combates continuaran perpetrándose.

Agotados y magullados, los supervivientes descendían lentamente, y los muertos eran portados en procesión a sus hogares, donde les llorarían antes de ser enterrados.

Un grupo de labradores se encargaría al día siguiente de limpiar el lugar y hacer desaparecer las pruebas de la brutalidad acaecida en la misma explanada en la que, a día de hoy, celebramos la Romería de Estíbaliz cada año, ignorantes de tantas y tantas vidas que se vieron truncadas allí por la defensa del honor de un apellido.

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