Historias de antaño y de hogaño

La Virgen Blanca de Okarate

Publicado en la sección “Historias de antaño y de hogaño” del periódico “Diario de Noticias de Álava” el 21 de mayo de 2018.

Prácticamente todos los excursionistas que recorren el barranco de la Oka, en las inmediaciones de Hueto Arriba, se detienen junto a una encina y dedican unos minutos a observar una pequeña imagen de la Virgen Blanca allí ubicada.

Se trata de una hornacina de metal protegida por un cristal y en cuyo interior se encuentra una humilde estatuilla. Siempre está rodeada de flores, muchas de ellas silvestres, que han sido recogidas en los campos de los alrededores creando una hermosa estampa.

Es posible que algunos se hayan preguntado cual es el origen de esta imagen. Normalmente hay que bucear en la historia remota para dar con las leyendas y tradiciones orales que explican el origen de las tallas de la Virgen que salpican nuestra geografía. Y es en ellas donde encontramos algún prodigio que justifica la utilización de las distintas advocaciones y que los creyentes se dirijan a un lugar concreto a rezarles una oración.

Más de uno habrá imaginado que la hornacina a la que hago referencia, lleva allí desde tiempos pretéritos, y que, seguramente, responde a algún milagro realizado por la Virgen en dicho lugar, o a alguna promesa de quien solicitó sus favores y le fueron concedidos. No es este el caso que nos ocupa, pues su verdadera historia comienza hace relativamente pocos años, e incluso es posible rastrear a las personas que, con una devoción espontánea, y de forma prácticamente involuntaria, hicieron de esa modesta encina un punto de referencia de la ruta mariana alavesa.

Todo comenzó gracias a Prudencio Preciado, un zuyano retornado de América, que sentía un fervor inmenso por la patrona de la capital alavesa, y que dedicó su merecida jubilación a la Virgen.

Una de las tradiciones que mantuvo durante muchos años consistía en ir todos los cinco de agosto desde el Santuario de Nuestra Señora de Oro a Vitoria-Gasteiz para asistir al Rosario de la Aurora. Y fue precisamente en una de aquellas ocasiones en las que colocó, sin mayor intención que dejar constancia de su paso por allí, una sencilla postal de la Virgen Blanca clavada en el tronco de un árbol con una chincheta.

Dos mujeres afincadas en Vitoria-Gasteiz, Isidora San Román y Maite García, solían pasear por las inmediaciones de Hueto Arriba, e, inevitablemente, en más de una ocasión llegaron hasta esa encina, convirtiéndola desde entonces en el destino de sus caminatas.

Para entonces Prudencio había fallecido como consecuencia de un atropello, y ellas, de forma inconsciente, pues desconocían el origen de aquella fotografía, tomaron el relevo de aquel hombre.

A pesar de que la postal se encontraba protegida por un plástico, fue inevitable que las inclemencias climatológicas hicieran mella en ella, y llegó un momento en que acabó tan ajada que se les ocurrió pedir al esposo de Isidora que hiciera algo para mitigar el deterioro. Julio, pues ese era su nombre, construyó entonces una humilde hornacina de madera protegida con un cristal y decorada en su interior con imágenes de nubes en la que colocaron una pequeña estatuilla de la Virgen.

Poco a poco, a las visitas de estas dos mujeres se le fueron sumando otras personas que, periódicamente, se acercaban hasta el lugar y depositaban sus ofrendas florales. Incluso en algunas rutas de senderismo comenzaron a aparecer referencias a su ubicación.

Desgraciadamente la enfermedad se cebó con estas mujeres que fallecieron con muy pocos años de diferencia entre ellas, pero sus familiares mantuvieron la tradición de ir a visitar la hornacina.

Pasado el tiempo, cuando la lluvia acabó con su esplendor inicial, pidieron ayuda a unos amigos y dedicaron un día a construir la actual, culminando el acontecimiento con una buena comida.

El 31 de mayo de 2006 la Cofradía de la Virgen Blanca de Vitoria-Gasteiz procedió a la bendición del altar donde se halla ubicada la hornacina, oficializándose la advocación que, desde entonces, es “Virgen Blanca de Okarate”.

Aunque ni Prudencio Preciado, ni Maite García, ni Isidora San Román, sobre la que he de confesar que se trataba de mi madre, imaginaron que llegaría un día en que su devoción por esta Virgen Blanca acabaría convirtiéndose en lo que es hoy. He querido recuperar su historia y que quede como un homenaje a quienes hicieron posible que hoy todos nosotros podamos visitarla.

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