Relatos y cuentos

La mirada

Siempre imaginé que llegado el momento de mi muerte, esta se produciría de un modo distinguido y tranquilo. Nunca supuse que debería enfrentarme a un necio proceso como el que he vivido estos últimos meses.

Pero en el fondo, creo que puedo sentirme afortunado, pues pocos hombres tienen el privilegio de saber cual será el momento exacto en que dejarán este mundo.

La mayoría de los desdichados que han compartido mi suerte, pasaron sus últimos días atormentándose con el final que les esperaba, y aferrándose a una esperanza de salvación que jamás llegaría.

Yo, he optado por hacer balance de mi vida, pudiendo regocijarme de los buenos momentos que el destino me ha proporcionado, e ignorando aquellos pasajes sombríos, que como cualquier otro humano, tuve que soportar.

Creo que fui feliz, y así pensaba morir. Todo lo que podía haber hecho, hecho estaba, y para aquellas cuestiones que pude dejar pendiente ya era tarde.

Por ello, mientras subía las escaleras del cadalso, no hubo ni llantos, ni súplicas, ni intentos vanos de escapar a un hado que ya estaba decidido.

Supongo que los parisinos que acudieron a deleitarse con el espectáculo de mi decapitación, gritarían y se alborozarían como les había visto hacer con otros desgraciados, pero no fui consciente de ello. Mi mirada se había clavado en una mujer que se encontraba entre las personas más cercanas al patíbulo.

Su semblante era serio, y en su rostro se reflejaba la angustia de saber de mi inocencia. Ella sabía que en realidad, la cabeza que debería caer en aquella cesta era la suya, y difícilmente podía imaginar que me había llevado a ocupar su lugar.

Creo que me intentó hablar, aunque no pudo. Cuando le dediqué una sonrisa, ella me la devolvió, y desde aquel instante, no pude dejar de mirar sus hermosos ojos.

No sentí dolor alguno, ni tan siquiera una sensación extraña. Solo supe que había muerto cuando su mirada desapareció y todo se tornó negro.

No me arrepiento de nada de lo que hice. Tan solo lamento no saber cual era el nombre de aquella muchacha que lucía un vestido verde y desprendía un aroma a violetas… la dueña de aquellos ojos azules que me acompañaron en el último momento… una mirada que bien valió toda una vida.

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