Historias de antaño y de hogaño

La campana del cementerio

Publicado en la sección “Historias de antaño y de hogaño” del periódico “Diario de Noticias de Álava” el 26 de noviembre de 2018.

Ilustración de Marian Tarazona

Hace ya muchos años descubrí la historia de una mujer a la que apodaban “Goya la muerta”. Su nombre era Gregoria Calvo Bargueño y recibió ese mote por haber sufrido en varias ocasiones algunos ataques de catalepsia, que, a punto estuvieron de provocar el hecho de que fuera enterrada viva en tres ocasiones. Finalmente, y tras sobrevivir a tres maridos y a un cáncer de pecho, falleció cuando había superado los cien años de edad.

Sin embargo, y pese a lo interesante de este caso concreto, no es la intención del presente artículo abordarlo. Si lo menciono es porque me parece un ejemplo perfecto para hablar sobre uno de los miedos en el que, casi todos, hemos caído en ciertos momentos; y que no es otro que el pánico a ser enterrado vivo, conocido como tapefobia.

En la actualidad, y gracias a los avances de la medicina, este terror ya no es tan preocupante como llegó a serlo en el siglo XIX, cuando, los continuos casos que se daban de catalepsia, provocaba gran preocupación entre la población.

Las continuas noticias sobre el descubrimiento, durante la exhumación de una sepultura, de marcas de arañazos en el interior del ataúd, de cadáveres que aparecían girados o con sus ropas rasgadas, fueron alimentando el terror, y provocaron la aparición de los conocidos como ataúdes de seguridad.

Uno de esos modelos estaba provisto de una tapa de cristal que permitía ver al difunto desde el exterior. También se utilizaron algunos con tubos de ventilación, o dispositivos para que, desde el interior, se pudiera dar la alarma en caso de despertar tras el entierro.

Tal era el miedo, que, sin ir mas lejos, a finales del siglo XX, se llegó a patentar un sistema que contaba con alarma, linternas, sistema de comunicación con el exterior, e, incluso, botiquín. No hace falta decir, que no son pocas las personas que, a día de hoy, solicitan ser enterrados con un teléfono móvil cargado y operativo.

Lo que es evidente es que, poco a poco, los médicos comenzaron a cambiar la forma en que declaraban un fallecimiento.

Hasta entonces lo habitual era limitarse a observar el cadáver, y, solo en caso de duda, se utilizaba un espejo para comprobar si la respiración dejaba una marca de vaho en él, también se comprobaba, de forma superficial, el pulso cardiaco.

Entre los nuevos sistemas aparecieron el quemar la uña con una cerilla, o clavar alfileres en los dedos, incluso colocar un vaso con mercurio sobre el pecho para detectar cualquier pequeño movimiento del diafragma.

Especialmente curioso era un sistema utilizado a finales del siglo XVIII, y que consistía en dejar el cadáver en una caja y taparlo con un cristal en el que previamente se había escrito una frase con nitrato de plata, frase que generalmente era “Estoy muerto”. Y, aunque en un principio no era visible, cuando el cuerpo comenzaba a descomponerse, el ácido sulfhídrico procedente de la acción bacteriana, reaccionaba con el nitrato de plata y permitía su lectura, asegurando, de esta manera, que se le podía enterrar.

También era habitual que, en el testamento, se dejaran instrucciones precisas para que, antes de proceder al enterramiento, se clavara un estilete en el corazón, se cortara alguna arteria, se inyectara algún tipo de veneno, o se decapitara el cadáver. Esto causaba controversia entre los médicos, pues consideraban que, si la persona había fallecido, eran actos innecesarios, pero, si continuaba con vida, se trataría de un homicidio.

Aunque me ha sido imposible recopilar información sobre todos los camposantos de la provincia, al menos puedo asegurar que, ni en el cementerio de Santa Isabel, ni en el de El Salvador de Vitoria-Gasteiz, hay constancia documental de ningún caso de personas que hayan sido enterradas vivas, aunque siempre es posible encontrar rumores y leyendas urbanas que afirman lo contrario.

Lo que si es cierto es que, en 1873 se edificó, junto a la capilla del camposanto de Zaramaga, un depósito de cadáveres. Se trataba, según describe un vitoriano que recordaba su visita al cementerio, de “una habitación cerrada que, curioseada a través de unas ventanas altas, dejaba entrever y sentir humedad, frío y penumbra, sirviendo de marco a unas largas mesas de mármol para el depósito piadoso o legal de algunos fallecidos hasta su inhumación”, que generalmente se producía veinticuatro horas después de la llegada del óbito.

Precisamente, para evitar casos como los que he comentado, en Vitoria era práctica habitual que, durante su estancia en la morgue, a los difuntos se les atara una cuerda a los tobillos; ésta, a su vez, se unía a una campana, de forma que, si durante ese tiempo las extremidades se movían, el tintineo alertaría de esta circunstancia. El sistema era simple, pero hasta cierto punto efectivo. Aunque no sería de extrañar que los movimientos involuntarios que se dan en algunas ocasiones, hicieran sonar dicha campana, con el correspondiente susto para los frailes Hermanos Fossores de la Misericordia que trabajaban en Vitoria cuidando de los difuntos, los enterradores municipales, o cualquiera que pasara por las inmediaciones y la escuchara.

No obstante, y para tranquilidad de los más aprensivos, las técnicas médicas actuales son capaces de garantizar que ninguno de nosotros seremos enterrados vivos. Pero si, a algún lector le acucia el miedo esta noche, le propongo que haga lo que aseguran que realizaba el escritor Hans Christian Andersen; el cual, cuando viajaba al extranjero, y como desconfiaba de cualquier médico que no fuera el suyo, siempre dejaba una nota en la que escribía “No estoy realmente muerto. Solo estoy dormido.” por si le ocurriera algo durante la noche y alguno le declaraba muerto sin estarlo.

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