Investigaciones y artículos

El sangriento crimen de Betoño

Fachada del asador que ocupa actualmente el edificio

Fachada del asador que ocupa actualmente el edificio

No son muchos los que saben, que en el actual “Asador 10 Erretegia” de Betoño, en las inmediaciones de Vitoria-Gasteiz, estuvo a finales del siglo XIX la Venta del Grillo.

Regentada por José Sarria, y debido a sus excelentes comidas, a la esmerada atención hacia los clientes, y especialmente, a lo ajustado de sus precios, logró ganar muy buena fama entre quienes tenían que buscar alojamiento en las proximidades de la capital alavesa.

Sobre la puerta de acceso, aun se puede ver una inscripción que hace mención a este hecho, pero por desgracia, el paso del tiempo ha deteriorado la piedra caliza hasta dejar el texto totalmente ilegible.

Inscripción, ilegible, sobre la puerta de acceso

Inscripción, ilegible, sobre la puerta de acceso

Lo que es mucho más desconocido, son los espantosos sucesos que ocurrieron allí, una noche de febrero, en 1879.

El día 5, cuando un cliente se acercó al establecimiento, encontró los cadáveres de los propietarios y la criada brutalmente asesinados.

El horror de la escena, hizo que rápidamente corriera la voz entre la ciudadanía, comenzando a sospecharse de cualquier forasteros que en aquellas fechas se encontrara en la ciudad. Al informarse de que en la noche del crimen, alguien había visto a dos soldados del regimiento de artillería de montaña, merodeando por los alrededores, se organizó una batida encaminad a a su localización, pudiendo ser detenidos en las inmediaciones de Salvatierra.

Conocida la noticia, y al saberse que se les trasladaría a Vitoria en tren, se congregó una multitud enfurecida en la estación. La preocupación de los alguaciles municipales, a la vista de lo exaltado de los ánimos, hizo que temieran un linchamiento, por lo que decidieron detener el ferrocarril en el paso a nivel de la calle Rioja y trasladar en secreto a los detenidos, utilizando un carro con toldo.

Sanos y salvos en la prisión se les interrogó, pudiendo comprobarse que aquellos hombres no habían tenido nada que ver en el asesinato, pero confesando que habían desertado, por lo que fueron entregados a las autoridades militares, que les sometería a consejo de guerra por ello.

Grupo de alguaciles de Vitoria en 1885. En el recuadro Pio Pinedo

Grupo de alguaciles de Vitoria en 1885. En el recuadro Pio Pinedo

Pasaron los días y tras las autopsias pertinentes, se procedió a dar sepultura a las víctimas. Conocidos por todos los vitorianos, muchos fueron los que asistieron a los actos, y entre ellos, uno de los alguaciles municipales llamado Pío Fernández de Pinedo, conocido por detener a Juan Díaz de Garayo, “El Sacamantecas”.

Algo hizo que se fijara en Dominica Regúlez Martínez, conocida popularmente como “La Regúlez”. Al parecer, sus gritos pidiendo entre aspavientos que “se despedazase a los desalmados asesinos”, debieron de ser tan exagerados, que incluso algunas personas se sintieron molestas por su comportamiento.

Pio Pinedo (remarcado en la foto) conocía perfectamente los antecedentes policiales de esta mujer, y procedió a detenerla en los días posteriores, junto a otras seis personas.

Hay que tener en cuenta que el sistema judicial de aquella época no tenía nada que ver con el actual, especialmente cuando se trataba de ciudadanos de las clases más bajas de la sociedad. Por ello, existen recelos sobre los “métodos cristianos” utilizados para arrancarles la confesión.

Sea como fuere, tras las primeras declaraciones contradictorias, finalmente reconocieron su participación en lo acaecido.

Fue la propia Dominica quien planificó el asalto, convenciendo al resto de la facilidad con la que podría realizar el robo. La venta era un negocio próspero, que se suponía podía suponer un botín importante, y el riesgo, presuponía, mínimo. La noche del 4 al 5 de febrero, salieron desde el pueblo de Margarita, donde estaban trabajando como temporeros hacia Betoño. Uno de los detenidos, Lorenzo Abajo, decidió en el último momento no participar, asegurando a sus amigos que mantendría el secreto de lo que estaba a punto de ocurrir. Hay quien cree que en él estaría el origen de las sospechas del alguacil, aunque oficialmente no quedó constancia de nada al respecto.

El ataque debió de ser inmediato. Nada más abrir la puerta, el ventero fue amenazado por el grupo, pero el hombre se negó en redondo a entregarles el dinero, lo que debió de enfurecer especialmente al conocido como “El Catalán”. Al ver que las amenazas no amedrentaban a Pepe Sarría, el criminal le llevó a rastras hasta la cuadra, donde apuñaló a uno de los caballos allí resguardados, advirtiendo que el siguiente seria él.

Fotografía antigua de Betoño

Fotografía antigua de Betoño

Es difícil imaginar la brutalidad necesaria para atacar de tal forma a un fornido animal aun cuando se encontrara atado, pero el ensañamiento fue tal, que el pobre tuvo que ser sacrificado al día siguiente.

La irritación de “El Catalán” llegó a tal punto, que en un arrebato le cortó el cuello al tabernero con tal fuerza, que prácticamente seccionó la cabeza.

Cuando regresó a la venta hizo salir al resto de los asaltantes, los cuales habían quedado vigilando a la esposa en la cocina.

Cubierto de sangre y con los ojos desorbitados, fue la mujer la que a tuvo que enfrentarse a una ira irrefrenable. La pobre señora ignoraba donde guardaba su esposo el dinero, por lo que a pesar de su temor, no pudo satisfacer las demandas del asesino, que finalmente acabó degollándola con la misma brutalidad que a su esposo.

A pesar de los gritos y el alboroto, en el piso superior se encontraba la criada y sobrina de los venteros. Aun cuando los asaltantes aseguraron que la encontraron durmiendo, es de suponer que en realidad, la pobre muchacha, lo simulara, confiando en que ignoraran su presencia. Pero aquello no le permitió salvar la vida. Una vez más, “El Catalán” se abalanzó con furia sobre su siguiente víctima. En esta ocasión, primero trató de asfixiarla con la almohada.

Aunque la joven hubiera pretendido entregarles el dinero, tampoco tuvo oportunidad de hacerlo, pues antes de que pudiera reaccionar, fue apuñalada repetidamente en el estómago, recibiendo a continuación una cuchillada en el cuello.

Una vez acabado con la vida de todos los ocupantes, solo les quedaba registrar el edificio. El exiguo botín se limitó a 185 pesetas y a algo de ropa que “El Catalán” regalo a su novia.

Pero la falta de escrúpulos de la banda no acabó ahí. En la misma cocina donde se encontraba el cadáver de la ventera, “La Regúlez” preparó una cena que todos degustaron. Incluso uno de ellos, saciado, tuvo la sangre fría de echar una cabezada junto a la fallecida.

Artículos de la prensa de la época sobre el tema

Artículos de la prensa de la época sobre el tema

Antes de que amaneciera, se lavaron y regresaron a Margarita, donde nadie había sido consciente de su ausencia. Tras los juicios en Vitoria y las pertinentes apelaciones a la Audiencia Provincial de Burgos, el destino de estos personajes fue dispar. En el caso de Lorenzo Debajo, se le declaró inocente al no haber participado en el suceso, siendo puesto en libertad. El resto de los acusados fueron condenados a muerte, aunque no todos acabaron en manos del verdugo.

Segundo San Nicolás, alias “el churrero”, acabó volviéndose loco y fue ingresado repetidas veces en un manicomio de Valladolid. Se le declaró demente, y acabó sus días en reclusión psiquiátrica.

Tampoco Dominica, la instigadora, fue ejecutada. Pese a no mostrar en los juicios ningún tipo de arrepentimiento, se le conmutó la pena por cadena perpetua, probablemente por su condición femenina.

El resto de los implicados, Juan Pérez Regúlez, hijo de Dominica, Santiago y Venancio López Pérez, cuñados de esta, y Juan Ángel Mateo Serra, “El Catalán”, fueron ajusticiados por el sistema del garrote en las inmediaciones del Polvorín tres años después de los asesinatos, cerrándose así uno de los episodios más macabros de la historia de Vitoria… pero no el último.

Julio Corral San Román.

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