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Investigaciones y artículos

El fantasma del castillo de Guevara

(Artículo publicado en la revista Más Allá de la Ciencia de Agosto de 2015)

Ilustración realizada por Marian Tarazona

Al más puro estilo de las leyendas escocesas, estamos a punto de adentrarnos en una crónica de castillos, batallas, duendes, nobles con armadura, pasadizos secretos y tesoros escondidos.

Sin embargo, esta epopeya se desarrolla en España, en un lugar ya en ruinas y olvidado, pero que durante siglos fue uno de los enclaves más importantes de nuestra historia. Hablamos, del castillo de Guevara.

El pequeño pueblo de Guevara, que dio nombre (o quizás fue al revés) a una importante familia de la nobleza española, se encuentra apenas a quince kilómetros de Vitoria-Gasteiz.

Está formado por unas pocas decenas de casas y pocos más habitantes, y no se diferencia en absoluto de cualquier otra aldea de la llanada alavesa.

De su existencia ya hay documentación en el siglo IX, aunque excavaciones arqueológicas han hallado vestigios de la edad del hierro. Incluso es posible que allí se hallase Gebala, un importante enclave de las tribus Vardulias que mencionan autores como Estrabón, Pomponio Mela, Plinio el Viejo o Tolomeo.

Panorámica del castillo

Panorámica del castillo

Cercano al denominado “Camino Real de las Postas al Reino de Francia”, que durante siglos fue una de las principales vías de comunicación de la zona, y a la calzada romana de Astorga a Burdeos, pronto se convirtió en un punto estratégico desde el que poder dominar el paso de Navarra a Castilla y el acceso a los puertos cantábricos.

Intentar resumir la historia del linaje de los Guevara, estaría fuera de la intención de este artículo y seria demasiado extenso, pero se hace imprescindible citar algunas cuestiones que permitan comprender el peso que tuvieron en la historia de nuestro país. Sirva de ejemplo un antiguo proverbio medieval que decía:

Antes Condes en Guevara que no Reyes en Castilla.

Sus ejércitos participaron en la reconquista de España durante la invasión musulmana, e incluso formaron parte de las fuerzas que se trasladaron a tierra santa durante las cruzadas, siendo incontables los títulos nobiliarios que lograron en estas y otras muchas batallas, llegando a ser personajes de peso en las decisiones de estado, e incluso fuera de nuestras fronteras, donde sus opiniones se tenían en cuenta tanto como en España. Prelados, escritores, caballeros y grandes dignatarios han formado parte de esta familia, e injusto seria hacer una relación y olvidar a cualquiera de ellos.

Portada del libro de Juan Álvarez de Colmenar

Portada del libro de Juan Álvarez de Colmenar

En el siglo XV, Iñigo Vélez de Guevara, regresa a España tras la muerte de su hermano, y decide entonces reconstruir el castillo que la familia poseía desde el siglo X. Para ello, toma como ejemplo la fortaleza de Sant Angelo de Roma, donde había vivido durante su etapa como Cardenal en el Vaticano.

Imponente y orgullosa, la edificación fue tan impresionante que una leyenda dice, que el apellido Ladrón de Guevara tenía su origen en el hecho de que se consideraba, que quien vivía allí, podía incluso retar al poder real con tan fuerte construcción y usurpar el trono.

Hay una descripción del mismo en un artículo del “Semanario Pintoresco español” de 1839, que habla en los siguientes términos.

En el macizo de los muros y torreones corren galerías embovedadas que reciben claridad por las saeteras destinadas a la defensa, abiertas hacia la parte exterior. En la cortina del frente, a la derecha, se ve el arco que forma la entrada principal y donde existió sin duda una rampa levadiza que reforzaba la puerta. Otro portillo de cinco pies de altura, abierto al norte, serviría sin duda de puerta de socorro. El gran torreón es imponente por su masa. Tiene una sola entrada y, a la altura de catorce pies, se halla en el interior un boquete en la pared, al que se sube por una escala levadiza de madera. Desde este portillo hasta la mayor elevación que alcanzó 130 pies, se subía por una cómoda escalera de caracol, que daba entrada a varias estancias embovedadas en las que se reconocía el destino para el cuerpo de guardia, cocina y habitación del jefe. Había dentro del recinto fortificado aljibes magníficos de fábrica para abundantes repuestos de agua que alimentaba un manantial, no obstante la altura de su situación.

El autor en el palacio de Guevara

De su interior, sabemos a través de viajeros que a su paso por las inmediaciones, no se resistieron a intentar visitarlo. Y es precisamente también gracias a algunos de ellos, que nos ha llegado la historia de un duende que vagaba por sus estancias.

Quizás la más famosa de todas estas descripciones, sea la que realizó Marie Catherine Le Jumel de Barneville, Condesa de Aulnoy.

Al pasar por las inmediaciones, sus acompañantes, don Fernando de Toledo y don Federico de Cardona, le hablaron sobre la existencia de un castillo del que decían, estaba encantado.

La propia condesa lo describe como uno de los castillos más bellos que había visto, pese a la exigua decoración. Habla de una serie de tapices que representaban escenas de amor entre el rey Pedro el Cruel y doña María de Padilla, una mujer “tan bella como mala persona

Curiosa, pero incrédula, consiguió que la comitiva se desviase hasta este pueblo, donde para su sorpresa, descubrió que ninguno de los habitantes quería ir hasta allí, y mucho menos de noche, por temor a un ser diabólico que moraba en él.

Convencieron no obstante al posadero, que tenia las llaves del castillo, para que les permitiese acceder, pero mientras les acompañaba, quiso advertir que a aquel…

espíritu loco, no le gustaba la gente; que aunque fuéramos un millar juntos, si le entraban ganas de hacerlo, nos pegaría a todos hasta dejarnos por muertos.

Llegaron a visitar el torreón donde decían que vivía aquel genio maléfico, y tras admirar las maravillosas vistas que se divisaban desde él, reanudaron camino jactándose de no haber visto nada extraño.

Esta no es la única mención que existe al duende. Algunos años antes, el cartógrafo y oficial del Rey Luis XIV de Francia, Albert Jouvin de Rochefort, relata lo siguiente:

flanqueado de torrecillas donde se alza una gran torre cuadrada en el medio, que esta habitada por un duende maligno, que es la causa de que allí no resida nadie, aunque pertenece a uno de los más acaudalados de España

Pieter van der Aa, editor y geógrafo holandés, escribe sobre él en la obra “Les délices de l’Espagne et du Portugal”, que publicó bajo el pseudónimo de Juan Álvarez de Colmenar, citándolo en los siguientes términos:

Cerca de esta capital (refiriéndose a Vitoria-Gasteiz) hay un pueblo llamado Guevara, donde puede verse un viejo castillo, que fue magnífico y que aún lo sería si se tuviera cuidado de mantenerlo en buen estado; pero nadie lo habita ahora, a causa de un duende que se ha apoderado de él, y que asusta a todos los que allí acuden.

 

Uno de los torreones del castillo

Uno de los torreones del castillo

Estos son solo tres ejemplos de personas de cultura y alejadas del entorno rural en el que nacen estos mitos, pero que sin embargo, dejan constancia de la existencia de un ente en el castillo.

 

Hoy en día, las leyendas de duendes siguen constituyendo una parte viva e importante de la tradición folclórica de todo el mundo. Se crea o no se crea en ellos, lo cierto es que los duendes están muy presentes en la vida popular, literaria y religiosa de España.

Pero las leyendas en torno a este tipo de personajes se remontan a cientos de años, e incluso los teólogos estaban convencidos de su existencia, viéndoles como pequeños demonios domésticos. Ejemplo de ello es el tratado pseudo-científico titulado “El ente dilucidado”, que publicó en 1676 el padre Fuentelapeña, y en el que hablaba sobre ellos.

En casi todos los pueblos de la geografía española se conoce alguna anécdota en torno a la existencia de uno de estos seres. El caso del castillo de Guevara es solo uno más, en el que la gente ha tenido que salir despavorida huyendo de su presencia. Incluso en algunas ocasiones, al regresar a por alguna pieza del ajuar, abandonada en la precipitada huida, se han encontrado al duende con ella en la mano burlándose.

La definición de duende, también conocido como gnomo o elfo, podría englobar multitud de adjetivos, pero en general, parece que todo el mundo está de acuerdo en que es un ser masculino, oscuro, un diablillo familiar, pequeño pero con poderes, travieso, siempre bullicioso, saltarín, con tendencia al juego, los bailes, las bromas, la música y el engaño.

 

Vista desde el castillo

Vista desde el castillo

En España y el mundo hispano, se caracterizan por convivir con los humanos, aunque siempre en lugares alejados y rústicos, como granjas, cabañas, pequeñas aldeas y pueblos, o como en la historia que nos ocupa, en un castillo. El lugar favorito para instalarse serían los sitios oscuros, apartados y escondidos, como un desván, una bodega, incluso una cuadra.

 

Los duendes se entretienen en alterar la vida del lugar en el que cohabitan, y entre sus travesuras, se pueden encontrar cambios de lugar y desapariciones de objetos, producir ruidos extraños, apedrear muebles, apagar o encender el fuego, reírse de forma estentórea y un sinfín de cosas que se les puede ocurrir para molestar, llegando incluso a la agresión física a personas y animales.

No en vano, la etimología deriva de los términos “duen de casa”, es decir, dueño de la casa, y en base a ello, desean expulsar a los hombres, a quienes consideran invasores de su territorio.

 

Ruinas del castillo

Ruinas del castillo

Así lo lograron con los señores de Guevara, los cuales llegaron a enviar una misiva a los reyes, informándoles de la imposibilidad de continuar viviendo en aquel lugar, y viéndose obligados por miedo, a trasladarse al palacio que la familia tenia a los pies del monte, y dejarlo deshabitado durante siglos.

 

El final del castillo sobrevino durante las guerras carlistas. Tras pasar en varias ocasiones de uno a otro bando, el General carlista Bruno Villarreal, comprendiendo la importancia de su ubicación, y decidió gastar los seis duros con que contaba como único peculio, para comprar aguardiente a los voluntarios de un batallón. Estos, fueron trabajando sin parar durante tres días para reconstruir las murallas.

Ni siquiera el general Espartero osó atacar formalmente la fortaleza, en cuyos alrededores se sucedieron varios combates. Solamente el general Zurbano, tras 18 días de duro asedio, consiguió que se rindiese la plaza el día 25 de septiembre de 1839.

 

Uno de los túneles bajo las ruinas

Uno de los túneles bajo las ruinas

Tan costosa fue la captura del lugar, que decidieron demolerlo para evitar que volviese a caer en manos carlistas, siendo necesario utilizar 14 cargas con más de 3300 kilogramos de pólvora.

 

Mucho tiempo ha pasado desde entonces, pero cuando se desciende por aquella ladera, después de haber contemplado las imponentes ruinas, difícilmente se puede evitar pensar en aquellos avergonzados soldados y caballeros, vencedores de mil batallas contra los Mendoza y los Hurtados, que jamás retrocedieron en las luchas contra los infieles, pero que tuvieron que abandonar uno de los castillos más imponentes y bellos que ha tenido España, por un enemigo venido del inframundo, y al que ni las flechas ni el acero, podrían herir jamás.

Julio Corral San Román.

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