Historias de antaño y de hogaño

El bandolero Temiño

Publicado en la sección “Historias de antaño y de hogaño” del periódico “Diario de Noticias de Álava” el 12 de noviembre de 2018.

Ilustración realizada por Marian Tarazona

El 26 de febrero de 1850, el periódico madrileño El Clamor público se hacía eco del ambiente de inseguridad reinante en Álava.

            Según el autor del citado artículo, un bandolero, conocido como Temiño, había escapado de la cárcel de la ciudad y formado una partida de ladrones que estaban atemorizando a toda la provincia.

            La ineficacia del ejército y la guardia civil había obligado a los vecinos a organizarse en patrullas que, a la menor señal de peligro, hacían sonar las campanas de las iglesias y comenzaban a disparaban al aire para poner en fuga a los malhechores.

Pero ¿Quién era aquel bandolero?

            Todo parece apuntar a que Félix Temiño era un pastor nacido en Atapuerca, a quien el destino llevó a trabajar en Arechavaleta y Otazu antes de acabar instalándose, a los 24 años, en Oquina, junto a su esposa María Martínez.

            Las primeras sospechas sobre sus actividades delictivas surgieron cuando los rumores acerca del elevado nivel de vida del matrimonio, hicieron suponer que pudiera tener alguna relación con diversos robos en casas de la zona, aunque nunca se pudo demostrar.

            La impunidad de aquellos primeros robos debió envalentonarle, pues no pasó demasiado tiempo antes de que empezara a cometer actos de bandolerismo.

            La primera detención de la que hay constancia, se produjo un 25 de diciembre.  Tras el asalto, en el puente de Mamario, a Fausto Antonio de Landa, un muchacho de 14 años de Mendiola, que transportaba a caballo unas alforjas con 15 libras de manteca de tocino, y una fanega de avena para su abuela.

            En cuanto los vecinos de Trespuentes, a donde el joven se dirigió, tuvieron conocimiento del suceso, se organizó una batida para perseguirle.

Fausto le había descrito como, un hombre con la piel quemada por el sol, de pelo y barba negra y redondeada, con los ojos muy oscuros y la frente alta. Gracias a ello, pudieron seguirle la pista hasta Armiñon, donde se había refugiado en el interior de la iglesia. Antes había vendido, por 25 reales, las provisiones que había sustraído en Mendiola.

            Trasladado a Vitoria, el hombre fue hallado culpable, siendo condenado a tres años de cárcel. La misma sentencia incluía una curiosa cláusula que puntualizaba que, si pasados los tres años, las tropas francesas que ocupaban España no hubieran terminado de pacificar el territorio, no sería puesto en libertad.

            Durante el cumplimiento de la condena, los presos, debían realizar trabajos forzados. En ello estaba, junto a otros prisioneros, cuando protagonizó su primera fuga.

            Uno de los reos se acercó al vigilante, para pedirle fuego con el que encender un cigarrillo, momento en el que Temiño y otros reclusos se abalanzaron sobre él, inmovilizándole. Tras romper las cadenas con un pico, se hicieron con la escopeta y la munición del guardián y se dieron a la fuga.

            En su huida, algunos de los fugitivos acabaron en Navarra, donde se unieron a las guerrillas anti-napoleónicas. En el caso de Félix Temiño, lo hizo con la cuarta compañía del primer batallón de Francisco Javier Espoz y Mina.

            Durante una misión que le encomendaron en las inmediaciones de Vitoria, con objeto de requisar cuantos caballos localizara, tuvo un encuentro con los franceses y fue herido. Tras pasar unos días en el hospital, de nuevo ingresó en la cárcel, y, finalmente, fue fusilado en Santa Isabel.

            Aquí acabaría la historia de este bandolero, si no fuera porque la imaginería popular lo ha convertido en una especie de héroe popular, especialmente en la zona de Treviño, donde podemos encontrar multitud de relatos sobre él.

Una de las leyendas asegura que, cuando se encontraba encaramado en el tejado de una casa, en la que pretendía robar, escuchó como el padre de aquella familia se lamentaba de no tener dinero con el que adquirir unos bueyes para poder trabajar las tierras que tenía arrendadas. Conmovido, el ladrón regresó aquella misma noche y, al igual que cuentan que hizo san Nicolás, dejó caer a través de la chimenea el dinero que aquellos aldeanos necesitaban, permitiéndoles sobrevivir a un invierno que se anunciaba muy duro.

            También encontramos otra historia, en la que, tras varios robos y multitud de amenazas de muerte al cura de Imíruri, fue atrapado y llevado a la iglesia para que el sacerdote le castigara como mejor considerara. Pero el religioso, lo que hizo fue sentarle a la mesa y, tras invitarle a comer y echarle un sermón, le dejó marchar, dándole medio duro de propina y confiando en que retomaría el buen camino.

            Algo similar ocurre con su fallecimiento, que se narra cómo acaecido tras huir de la prisión de Vitoria. Se cuenta que, para ello, lo que utilizó fue una cuerda entretejida con trozos de una manta. En su huida hizo gala de una agilidad impresionante.

            En las inmediaciones de Marauri, en un término conocido como Pozolún, fue localizado por una partida que salió en su busca, y alcanzado por un certero disparo.

            Herido, se arrastró hasta unos arbustos que había junto al pozo que daba nombre al lugar, y allí esperó a que pasara un vecino del pueblo cercano, al que pidió cumpliera con su última voluntad. Deseaba, antes de morir, que le fuera devuelto al cura de Betoño el dinero y el reloj que le había robado días antes. Cuentan que, efectivamente así lo hizo, pero para no verse involucrado en temas con la justicia, el vecino no dio aviso a las autoridades de su encuentro con Temiño, cuyo cadáver fue localizado tiempo después en avanzado estado de descomposición.

            Hace muchos años, mientras realizaba una investigación en la zona de Treviño, tuve ocasión de entrevistarme con un hombre que, afirmaba, que su abuelo había sido asaltado por este bandolero en el paso que une los pueblos de Aguillo e Imíruri por la peña de Arrate, pero que pudo evitar ser robado tras esconder el poco dinero que tenía en los calcetines.

Aquel intento de robo acabó convirtiéndose en una larga conversación, en la que ambos compartieron unos tragos de aguardiente. Si hemos de hacer caso a lo que nos contó, en esa misma peña se encuentra la cueva que Temiño utilizaba como guarida, y en la que aún permanece enterrado un tesoro, fruto del botín de los múltiples asaltos y robos que cometió.

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