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¿Buscas trabajo? Oposición a verdugo en Vitoria

Difícilmente se puede imaginar un oficio más ingrato que el de verdugo. Acompañados por la superstición y el miedo fueron condenados al odio, provocando el rechazo de sus convecinos hasta tal punto, que podrían equipararse a los parias de la India o los burakumin japoneses.

La capucha negra, único signo distintivo del uniforme del ejecutor, no impedía que su identidad fuera públicamente conocida, y, por tanto, tuvieran que soportar todo tipo de vejaciones. En los mercados, por ejemplo, no se les permitía tocar el género, debiendo señalar con una vara los productos que deseaban comprar, y en muchas tabernas tenían prohibida la entrada o se les obligaba a sentarse en mesas apartadas donde les servían en vasos reservados exclusivamente para ellos.

Este tipo de exclusión social se extendía también a sus familiares, que, al igual que ellos, debían sentarse en los últimos bancos de las iglesias, incluso debían aceptar que la gente se santiguara tres veces cuando les tocaban fortuitamente.

Por todo ello, es lógico que esta profesión terminara por convertirse en algo exclusivamente hereditario, y que, el aislamiento al que estaban condenados, provocara la existencia de matrimonios concertados entre distintas familias de verdugos, creándose linajes en los que todos sus miembros se dedicaban al mismo trabajo.

Así, los hijos acompañaban a sus padres a las ejecuciones, y, como si de un aprendiz y un maestro se tratara, desde pequeños aprendían los trucos para hacer cumplir las penas de muerte, así como técnicas de tortura y conocimientos sobre anatomía. También debían aprender como enterrar a una persona, porque dentro de sus obligaciones se encontraba la de dar sepultura a los suicidas, pues se consideraba que sus tumbas eran impuras y, por tanto, nadie quería acercarse a ellas.

Sus mujeres encontraron una salida en la preparación de ungüentos, brebajes y amuletos que elaboraban con ciertos productos a los que solamente tenían acceso los verdugos, y que les valió la fama de hechiceras.

Muchas personas otorgaban poderes curativos a la sangre de los decapitados o a la mandrágora regada con el semen de los ahorcados. También eran muy cotizadas las cuerdas utilizadas en las ejecuciones, las astillas de los patíbulos e incluso la tierra donde se había realizado la condena.

No es extraño que, a pesar de lo bien remunerado que se encontraba, muy pocas personas estuvieran dispuestas a ocupar dicho cargo, y que, como ocurrió en Vitoria a comienzos del siglo XIX, las oposiciones para el puesto quedaran desiertas.

El último ministro ejecutor de nuestra ciudad fue José Condado, que vivía en la conocida “casa del verdugo”, a la derecha de la calle Nueva Dentro, entrando por Portal del Rey. En sus inmediaciones era habitual encontrar carteles difamatorios indicando su ubicación, pues, para los vecinos de la zona, su presencia no era de buen gusto.

Quizá esa presión fue, la que le llevó a José Condado, el 4 de Diciembre de 1816, a solicitar su dimisión como ejecutor municipal, pero conservando el puesto de pregonero. Pero no fue aceptada, pues ambos cargos iban unidos, y el Ayuntamiento no estaba dispuesto a disociarlos, y tuvo que continuar desempeñando sus funciones hasta el 4 de junio de 1821, cuando hubo de ejecutar a Gregorio de Luzuriaga.

Este abogado, Comandante General de la División Realista de Álava, había sido derrotado el año anterior en Salvatierra, y tras su detención fue condenado a muerte. La ejecución, según describen las crónicas de la época, se realizó “en medio de horripilantes torturas, debidas a la ineptitud del verdugo, que, viejo y achacoso para desempeñar su repugnante cometido, fue suspendido del empleo cinco días después.”

El desagradable espectáculo supuso que, al día siguiente, la Cofradía de la Oración del Huerto, que acompañaba a los reos al cadalso, solicitara el relevo en dicho menester.

Oficialmente, el puesto de verdugo fue suprimido por acuerdo municipal el día 19 de Octubre de aquel año, quedando el de pregonero en manos de Angel Condado, hijo de José, y solicitándose a la Audiencia Provincial de Burgos la cesión temporal del ejecutor titular de esa capital cuando fuera necesario.

Pero ante los problemas surgidos por la negativa del Ayuntamiento a abonar los gastos por el traslado del verdugo desde Burgos, el jefe político solicitó un año después al Alcalde de Vitoria, Pedro de Velasco, la designación de un nuevo ejecutor. La reiteración del Consistorio supuso una multa de 300 ducados por desacato a los ocho Concejales que firmaron el acuerdo, y, finalmente, para evitar el pago de esa sanción, pocos días después se dictaron los edictos para la provisión de la plaza de verdugo-pregonero para Vitoria y el Tribunal de Justicia de la Hermandad Alavesa, dotada con un sueldo anual de 3000 reales.

El proceso de selección comenzó con la recepción de los currículos de los doce aspirantes que se presentaron, en el que debían incluir, además del reconocimiento de contar con la suficiente maestría a la hora de llevar a cabo las labores inherentes al oficio, una certificación profesional redactaba por los Ayuntamientos donde hubieran trabajado previamente, que se garantizara su conducta moral, su adhesión al rey, la ausencia de antecedentes de afrancesamiento durante la invasión napoleónica, tratarse de un buen cristiano y saber leer y escribir.

Entre los aspirantes se encontraba, por ejemplo, Francisco Ribero, que afirmaba contar con veinticinco años de experiencia, aunque solamente había ejecutado a nueve reos en todo ese tiempo.

Por su parte, Manuel Carnero contaba con un año menos de experiencia, pero en palabras del secretario del Ayuntamiento de La Coruña, “es sujeto de buena vida y costumbres, de natural quieto y pacífico, que cumple exactamente con los deberes de su obligación, habiendo manifestado en todas épocas y ocasiones adhesión y amor al Rey”

Juan Díaz de Lozano, indicaba que llevaba trabajando como verdugo desde “su más tierna edad” en Valladolid y Salamanca, y Jose Manuel Merino se enorgullecía de pertenecer a una saga de verdugos de Valencia, donde había ejercido su padre y donde era titular su hermano.

Francisco Ribero, aun cuando contaba con buena voz para las labores de pregonero, no sabía leer, pero contaba con la ayuda de su hijo de dieciséis años para la tarea de pregonar los bandos.

Finalmente el seleccionado fue Miguel Díaz, que había sido ejecutor en la ciudad de Oviedo. Entre sus méritos se encontraba estar en “la florida edad de treinta y cuatro años, ser brioso y disponible para el ejercicio de su facultad, estar casado y sin familia”, aunque cuando fue llamado para ocupar el cargo, no se presentó.

Posiblemente se debiera a la existencia de ciertos informes en los que se aseguraba que su edad era superior a la indicada, que estaba soltero, y que había “sido despachado por no valer para el oficio de las plazas que ha estado”.

El siguiente designado fue Juan Díaz de Lozano, y también esta opción se criticó, pues al parecer, había sido despedido de Madrid en 1818, y posteriormente de otras localidades por su poca pericia. Entre sus desatinos se contaba que a una de las personas a las que debía dar garrote, “le aprisionó el cuello con la barba”, y ante el sufrimiento del reo, acabaron por dispararle un tiro de gracia. También había demostrado su negligencia con una persona condenada a la horca, que estuvo cuarenta y cinco minutos agonizando en la soga por habérsela anudado mal.

Por último, en 1825 se nombró como verdugo a Antonio Castillo, que contaba con un informe del Ayuntamiento de Cascante en el que indicaban “que dicho Castillo ha manifestado constantemente una inclinación extraordinaria al gobierno legítimo de su Majestad que Dios guarde, y la mayor aplicación a los actos de devoción y culto pues ha sido y es de los primeros que diariamente acuden a la iglesia a el rosario y misas que se dicen en la misma oyéndolas con devoción de cuantos lo observan, siendo por otra parte muy exacto en el desempeño de sus obligaciones, por cuya razón, y la buena educación, y ejemplo que da a su familia: pues a un hijo de 14 años lo lleva consigo todas las mañanas a la iglesia a el rosario de la aurora y ayudar a las primeras misas, se ha merecido y merece la mejor aceptación”. Tampoco este aspirante sabía leer, aunque afirmaba que su hijo tenía la instrucción necesaria para “leer y escribir con buenas voces dando sentido en alta voz a la lectura”

Después de tres años sin ejecutor en la ciudad, se solicitó “su pronta presentación, por si eran precisos sus servicios”, aunque no hay constancia de que llegara a ocupar el cargo.

La última oposición para verdugo acaba aquí, y seguramente sea el punto obligado para hacer una pausa, pues, aunque fuera posible seguir escribiendo sobre los ejecutores de esta ciudad, podría convertirse en un asunto inacabable.

Baste decir que, pocos años después, existen crónicas de la llegada, en varias ocasiones, del ministro ejecutor de Burgos para llevar a cabo las sentencias en diversas causas, tan interesantes, que merecerán ser tratadas en próximos artículos.

2 Comments

  1. Ana Molina 6 Abril, 2017 12:43 am

    Interesante…Muy interesante, me he quedado sorprendida de todas las cosas que no sabemos de nuestra ciudad y poco a poco vamos aprendiendo. Gracias Julio por tu esfuerzo y dedicación. Un beso

  2. JulioCorralNet 6 Abril, 2017 4:39 am

    Muchas gracias, Ana. Intentaré sorprenderte más veces 🙂

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