Publicado en la sección “Historias de antaño y de hogaño” del periódico “Diario de Noticias de Álava” el 29 de octubre de 2018.

Ilustración de Marian Tarazona

El día 1 de octubre se publicó en esta misma sección un artículo acerca de una broma gastada por un criado. Una de las explicaciones que, en su momento se atribuyeron como origen de la idea, estaba en un artículo publicado en el periódico “El pensamiento alavés” el 9 de diciembre de 1954, tres semanas antes de que ocurrieran los hechos. El título del mismo era “La bola de fuego de Antezana”, y en él se relataba la aparición de unas luces misteriosas en esa zona.

He podido comprobar que algunos lectores se han interesado por dicha historia, y en deferencia a ellos, intentaré explicar a qué se refería tan sugerente titular.

Durante varias semanas, algunos vecinos de Antezana y sus alrededores fueron testigos de la aparición de unas bolas de fuego que recorrían el cielo nocturno cada noche.

Eran descritas como una especie de rueda sin radios, cuya llanta resplandeciente se desplazaba por la cima de las montañas, iluminando el cielo nocturno con una luminosidad similar a la de los relámpagos, aunque de un modo permanente.

Los más ancianos de la época explicaban, a quien quisiera escucharles, que aquella no era la primera ocasión en el que aquellas luces misteriosas habían sido divisadas, siendo sin duda, los avistamientos que se sucedieron entre los años 1892 y 1895 los que se prolongaron durante más tiempo.

Las primeras hipótesis apuntaban a la actuación de jóvenes que pretendían asustar a la gente de la zona, llegándose a preparar batidas que dieran con dichos gamberros. Pero la localización de las luces en el cielo, así como los testimonios de algunas personas que tuvieron ocasión de presenciar los sucesos a escasa distancia, hacía muy improbable que los mismos fueran causados por la mano del hombre.

El tema, ampliamente tratado en los periódicos locales, precisaba de una rápida explicación que tranquilizara a los habitantes de los pueblos, por lo que se intentó difundir todo tipo de hipótesis que abarcaban desde emanaciones de gas provenientes de zonas pantanosas, a fuegos fatuos originados en un cementerio de la época romana, pasando por posibles bolsas de petróleo que explotaban espontáneamente.

Sin embargo, uno de los avistamientos se había producido en las inmediaciones de un molino en el que, durante la guerra carlista, tres soldados pertenecientes a una partida de Iturrate habían sido fusilados por los “guiris”, lo que dio lugar a que se comentara que se trataba de las ánimas en pena de aquellos muchachos, que habían regresado del purgatorio en busca de venganza.

En cualquier caso, parece ser que tal y como habían surgido, las bolas luminosas dejaron de ser visibles sin que se hubiera podido llegar a ninguna conclusión sobre su origen.

Esta historia, que en un principio podría quedar como un suceso anecdótico y puntual, se repite en otros lugares de la provincia de Álava y en épocas diferentes. Las hemerotecas están plagadas de testimonios similares, y como ejemplo de ello, me centraré en los sucesos ocurridos en 1915.

Los primeros en dar la voz de alarma fueron un pastor y su hijo que vieron una luz bajando del monte Oiz. En un principio pensaron que podría ser un vecino portando un farol, pero según se iba acercando, comprobaron que se trataba de una llama en forma de hoz y del tamaño de una persona, que se detuvo a tan solo tres metros de donde se encontraban. A pesar de que el perro que les acompañaba estuvo ladrando y corriendo a su alrededor, la luz se mantuvo estática durante unos minutos, durante los cuales, los testigos se tumbaron en el suelo aterrorizados y temiendo que aquellas llamaradas pudieran abrasarles. Cuando finalmente, la luz regresó por el mismo camino por el que había bajado, los pastores pudieron ver una especie de cola de la que saltaban chispas, pero que no provocaron ningún incendio en los árboles y arbustos sobre los que cayeron.

Como era de esperar, su relato fue tomado por sus convecinos como una invención, hasta que poco tiempo después, otras personas vivieron una situación similar.

Dos vecinos de Otxandiano ascendieron al monte que separa su pueblo de Ubidea, y allí encontraron una fila de luces alargadas que describieron como en forma de vela.

Arrodillados, estuvieron rezando a lo que pensaban que eran ángeles.

Cuando finalmente decidieron bajar del monte, se sorprendieron al encontrar aquella misma hilera luminosa sobre una pared que se encontraba a la izquierda del camino que había a los pies de la montaña.

Días después, un tratante de ganado vivió algo parecido cuando, en las inmediaciones de una antigua ermita dedicada a Santa Engracia, se fijó en lo que, en un principio creyó se trataba de una hoguera.

Cuando aquella luz comenzó a acercarse, y como había escuchado los sucesos anteriores, corrió hasta su casa y se encerró en una habitación, mirando por la ventana, donde pudo comprobar que aquella luminaria comenzaba a girar frente al cristal.

Aquella experiencia le provocó tal estado de nerviosismo, que durante dos meses precisó tratamiento médico.

Al día siguiente, uno de los vecinos de Otxandiano que habían visto la fila de luces en lo alto de la montaña, volvió a encontrarse con una bola luminosa muy similar a la que persiguió al tratante de ganado. El suceso ocurrió frente al caserío conocido como Asgesto, y afirmó que le estuvo siguiendo un largo trecho, y que su resplandor iluminaba el camino como si se hubiera hecho de día.

Los siguientes en divisarla fueron dos carreteros de Ollerias. El susto que les provocó ver como iba saltando de un grupo de piedras a otro, causó el desmayo de uno de ellos, y la parálisis de su compañero, que no pudo auxiliarle hasta que la luz desapareció.

Ante la posibilidad de que se tratara de los fantasmas de cinco personas que habían fallecido en aquella zona de forma trágica, se comenzaron a dar misas por sus almas, con la esperanza de que de este modo cesaran las apariciones.

Aun así, continuó siendo divisada, siendo el 20 de agosto de 1915, el suceso que está más documentado y que contó con mayor número de testigos.

Aquella noche, y de nuevo en las inmediaciones del caserio Asgesto, un grupo formado por dos hombres, siete mujeres y un niño de diez años se encontraron con lo que describieron como un globo de fuego, con un diámetro aproximado de 40 ó 50 centímetros, con un resplandor que iluminaba el seto que había detrás de nosotros, semejando la luna, que hubiera bajado. No rozaba el suelo, al parecer al menos; su luz no cambiaba de intensidad, no oscilaba ni dañaba la vista; diría que era una luz pálida. Era redonda, ligeramente ovalada y su color un tanto rojizo, con tres puntos negros en medio.

La reacción de uno de los hombres, que disparó con su escopeta contra la luz, hizo que aquel globo de fuego se alejara entre las zarzas y helechos despacio y en paralelo a la carretera.

El grupo estuvo persiguiéndola, hasta que de repente, se apagó sin dejar ni rastro. Las historias sobre aquellas luces continuaron, pero cada vez fueron menos frecuentes hasta que prácticamente se han olvidado. No obstante, no estará de mas, que, a partir de ahora, cuando caminemos de noche por los bellos montes de nuestra provincia, estemos atentos a los lados del camino, por si algún día deciden regresar.

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