Se salva de una cornada y muere de un atracón.

Cuentan que al advertir a Manuel García Cuesta, “El Espartero”, sobre el peligro de un toro al que tenia que enfrentarse, este respondió: “Mas cornás da el hambre“.

Esta metáfora, que ha pasado a formar parte del refranero popular, se hizo realidad en uno de esos pasajes olvidados de la historia de Vitoria-Gasteiz, cuando el macabro sentido del humor del destino hizo que el hambre de un banderillero lograra lo que no había conseguido el asta de un toro.

Nacido en Madrid el 21 de septiembre de 1825, Mateo López Vázquez fue un conocido banderillero de mediados del siglo XIX.

Le describen como alegre y juerguista, siendo más famosas sus correrías fuera de la plaza que dentro de ellas. Pero desde que saltó al ruedo por primera vez el 12 de febrero de 1844 en Madrid, su pintoresca forma de poner las banderillas le permitió hacerse un hueco en las cuadrillas más célebres de la época.

En un artículo de 1856, José Carmona y Jiménez, director y fundador del “Boletín de Loterías y de Toros”, dice sobre él: “Catedrático en la calle, no lo es en la plaza; Tal vez no lo deje por falta de voluntad; pero no es sitio para repararse en pelillos. Sabe dónde se ponen los pares y cómo se debe correr un toro; pero si no se le da bien a las primeras, se descompone y sale por donde puede, sin ver por dónde va ni de dónde viene.”

Podríamos deleitarnos en muchos detalles sobre su vida, como que fue ahijado de la Condesa de Teba, quien más tarde sería Emperatriz de los franceses; que su tía era una conocidísima modista de trajes de luces; o multitud de anécdotas sobre sus intervenciones taurinas y fuera de los ruedos que se recogen los periódicos de la época, pero que no son el objeto de este trabajo.

En esta ocasión vamos a remontarnos al 4 de agosto de 1867, durante el trascurso de una corrida en la plaza de toros de Vitoria-Gasteiz, que por aquel entonces  se encontraba en “El Resbaladero”, entre las actuales calles Olaguíbel y Fueros.

Los diestros Cayetano Sanz y Paco Frascuelo se enfrentaban a seis toros de la ganadería navarra de Carriquirri y Mateo López actuaba como banderillero en la cuadrilla de Cayetano.

La corrida transcurría con normalidad hasta que salió el quinto de la tarde. El toro, descrito como colorado y ojo de perdiz, se llamaba Cuartelero, detalle sobre el que volveremos a incidir al final de este artículo.

Cuando llegó el momento de ser banderilleado Cuartelero,  Mateo erró en la suerte. Fue volteado y lanzado contra la barrera, con tan mala fortuna, que al volver a caer sobre la arena, recibió dos cornadas, una de ellas en el cuello. Sufrió también una fractura en el brazo derecho y contusiones en la cara y el pecho.

La cogida fue impresionante, llegando a dársele por muerto en las crónicas periodísticas de los días siguientes a la corrida.

Pero no fue así, ya que se le trasladó al hospital de “Santiago de los Incurables de Roma” que se encontraba apenas a unos centenares de metros de la plaza, donde pudo ser operado rápidamente. Tras varios días de cuidados, se recuperó hasta el punto de que el día 23 los médicos le permitieron levantarse de la cama y empezar a comer.

Tal era el hambre que arrastraba, que solicitó se le sirvieran un enorme chuletón. Lo comió con tal avidez que la fiebre le subió, haciendo que en el delirio se arrancarse los vendajes y con ellos los puntos de sutura que cerraban la herida, sufriendo una hemorragia que le causó la muerte casi de inmediato.

Fue enterrado en el cementerio de Santa Isabel de la capital alavesa en un panteón cedido por el Ayuntamiento en el que podía leerse una preciosa inscripción.

Aquí yace Mateo López
Murió a los 42 años de edad de resultas de una cogida que tuvo el día 4 de Agosto en la plaza de toros de esta ciudad y que pasó a mejor vida el 23 de Agosto de 1867

Pues que cuanto el mundo alaba
Encierra una sepultura
No quieras bien que se acaba
Ni temas mal que no dura

En 1956 se expropiaron algunos panteones, entre los que se encontraba el suyo, siendo sustituido por uno privado en el que actualmente se halla uno de los epitafios más curiosos del camposanto vitoriano y que dice “Que conste, que yo no quería“.

Antes de terminar, es inevitable hacer referencia a una nueva casualidad que ocurrió exactamente diez años después, cuando visitó el coso vitoriano su hijo, Gabriel López “Mateito”. Puede que fuera la providencia, o tan solo casualidad, pero al igual que ocurrió con su padre, acabaría siendo corneado por un toro llamado Carcelero, aunque en esta ocasión las lesiones no fueran de gravedad.

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